Yo también soy maricón (por Juan D. Gómez)

Juande

Juan D. Gómez

Dicen los defensores de que el AVE llegue cuanto antes a nuestra provincia, que somos los más alejados en comunicación ferroviaria de la capital del Reino. Sin embargo, desde hace un par de días, Madrid y Almería están más cerca que nunca, unidas por una cuerda que aprieta con tanta fuerza que hace brotar la sangre: la homofobia.

Dos ciudades, cuatro jóvenes y el mismo delito: profesar muestras de cariño en público a sus respectivos compañeros. En España, en 2015, los homosexuales ya no tienen que correr delante de las fuerzas de seguridad; ahora tienen que hacerlo delante de niñatos que se creen con el derecho de velar por una moralidad selectiva y totalmente irracional, la misma que asesina a ex novias que consiguen rehacer sus vidas y vivir en paz, la que educa a nuestros niños en “lo masculino” y “lo femenino” y señala a quien se sale de esa delimitación absurda de lo que un hombre “debe” ser.
 
Sin conocer personalmente a J., los píxeles que ocultaban su rostro en los medios por miedo a represalias no me han impedido reconocerlo; lo recuerdo detrás de las mesas informativas de la asociación COLEGA en la Rambla, repartiendo preservativos e informando a jóvenes y mayores sobre la necesidad de protegernos ante Enfermedades de Transmisión Sexual. Un valiente, de los pocos que hay en nuestra ciudad, al que no le ha importado nunca dar la cara e intentar que Almería fuera un sitio donde vivir en libertad, libertad franqueada por unos energúmenos el pasado lunes.

Solo la cobardía de la mayoría, la seguridad de la superioridad en número y fuerza y el grito de “maricones”, fueron suficientes para que este chico acabara inconsciente y teniendo que ser operado unas horas más tarde por lesiones en la mandíbula y el brazo. Los atacantes no fueron valientes. No se atrevieron a plantarse en el interior de la caseta LGBT y gritar delante de cien personas “maricones, venid que os vamos a pegar”, no. Lo hicieron en la parte de atrás, a dos personas indefensas, y huyeron.
¿Seguirían celebrando la hazaña al acabar? No sería de extrañar: ni siquiera el hecho de que el nuevo Recinto Ferial esté vallado y solo tenga 4 puntos de acceso hizo posible su captura. Tampoco se conoce que se formase un despliegue policial digno de una superproducción de Hollywood en las inmediaciones. Algo tendrá que ver con que vivamos en un país en el que el propio Ministerio de Interior reconoce que “los motivados por la identidad sexual de las víctimas” son los más numerosos entre los llamados “delitos de odio”.

Este tipo de agresiones merecen algo más que nuestra repulsa. En las últimas horas, en las redes sociales de los principales medios de comunicación de nuestra provincia, se leían mensajes de solidaridad de cientos de almerienses que no entienden como estas cosas siguen ocurriendo. Pero, dando a cada hecho el valor que corresponde, tenemos que ser conscientes de que para erradicar la homofobia no basta con que este tipo de agresiones desaparezcan (menos aún con “ocultar” la identidad sexual de los agredidos, como he llegado a leer), sino que tenemos que reformar de raíz nuestro sistema de valores y educar desde la infancia en que el respeto a las diferencias nos enriquece como sociedad. Acciones como ridiculizar a chicos considerados “afeminados”, estereotipar a un sector de la sociedad que solo comparte orientación sexual y afectiva o utilizar sinónimos de la palabra homosexual cada vez que queremos menospreciar a un hombre (y eso sólo sin pasar por el resto de letras de LGBT), son el caldo de cultivo que germina en nuestras mentes y crea monstruos como los que han marcado de por vida a dos chavales en nuestra Feria, algo que debemos cambiar si deseamos realmente la igualdad.

La época en la que los valientes sólo podían defender su vida con sus propias manos ya pasó, y todo el sufrimiento, el dolor y los asesinatos de las personas que un día se negaron a vivir en la sombra, como si hicieran algo deplorable, no pueden caer en saco roto; por eso, no dando ni un paso atrás, les digo con orgullo que yo también soy maricón, y que si creen que el miedo o la violencia van a hacer algo más que empoderarnos y empujarnos a seguir por el camino de la libertad, están muy equivocados.

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