SI DESTRUIMOS NUESTROS BOSQUES, NOS DESTRUIMOS A NOSOTROS MISMOS, por Mar Verdejo Coto

Las redes sociales fueron rápidas informando sobre el fuego que se había producido en Bédar. Por la noche, me llamó mi sobrino Miguel de cuatro años para contarme lo que estaba viendo de camino a casa: “Las llamas son enormes, y lo han hecho hombres malos con pistolas de fuego”. Su imaginación infantil no distaba mucho de la realidad. Presuntamente, un hombre con una radial ha causado este fuego, en el que tuvieron que ser desalojados 800 vecinos y vecinas, y arrasó 374 hectáreas, algunas de ellas de alto valor ecológico. Afortunadamente esta vez las administraciones se coordinaron, y gracias a los 579 efectivos que estuvieron luchando contra las llamas no hay que lamentar desgracias humanas, las materiales aún están por cuantificar. Las llamas eran grandes, como lenguas destructivas, que avanzaban cada vez más rápido, en una zona con la población dispersa y de difícil acceso. Almería, es la segunda provincia en ayudas para la reforestación, pero no es suficiente. Con la falta de gestión forestal se está propiciando que nos la juguemos con los grandes incendios, es necesaria una verdadera política forestal. La inversión en montes ha sido cada vez menor, limitada tan sólo a la extinción de fuegos. El ahorro que supone es mucho menor a los costes astronómicos que causan los incendios: extinción, restauración ecológica, recuperación de daños. Además, de dejar dependiente a la zona quemada de las ayudas puntuales, tras este proceso catastrófico. Tenemos que invertir en bosques si queremos disfrutarlos.
Pero, ¿queremos bosques? Gil y González en el diario El País, hablan del odio al árbol que se recoge en “Bodas Reales” de Pérez Galdós, cuando uno de sus personajes manifiesta que se la entierre en el suelo y sin árboles, “pues no quería estar a su sombra ni viva ni muerta”. En cambio la historia de Jean Giono, escrita a mediados del siglo pasado, narra la historia de un pastor, que con su voluntad y esfuerzo, convierte una tierra desierta y abandonada, infértil en un maravilloso vergel. Él comprendía que las tierras morían por falta de árboles, y sin ser sus tierras, fue plantando, hayas, robles, abedules, dio vida a una zona antes yerma y desolada. Gracias a los árboles los acuíferos se llenaron y los manantiales volvieron a fluir. En Almería, un amigo lleva haciendo esto desde hace unas décadas, y entre él y sus amigos han convertido una árida y desoladora zona de la almeriense Sierra de Filabres, en un bosque de encinas. Llevan plantados más de 60.000 árboles, y viven entre encinas milenarias. Manolo P. Sola, tiene claro que le gustan los bosques, y con su labor callada, ha contribuido a transformar un principio de desierto, frenando la desertificación, con árboles autóctonos que renuevan el aire, el agua y el suelo. Son tesoros de biodiversidad en sí mismos. ¿Pero quiénes son los que odian a los árboles? ¿A quién pude satisfacerle la idea de la pérdida, de la catástrofe? Y si queremos el bosque, ¿para qué lo queremos?
Tardaremos más de un siglo en recuperar las zonas arrasadas, hay que dejar actuar a la naturaleza, velar por el suelo donde luego van a crecer los árboles y matorral, evitando la erosión, previniendo que las lluvias arrastren y erosionen el suelo, porque perderíamos la capa fértil, que además se podría depositar en las infraestructuras poniéndolas también en riesgo, como por ejemplo los embalses. Hay que evitar que se forme una capa impermeable, que no deja filtrar el agua, porque fomenta el riesgo de erosión. Los suelos que se pierden son dificilísimos de recuperar, así que antes de que lleguen las lluvias, sobre todo en zonas con pendiente, Diana Colomina, coordinadora de Restauraciones Forestales de WWF, indica que es importante entre otras cosas poner barreras de contención y controlar las plagas en las maderas quemadas. Los expertos aconsejan esperar dos años, no forzarlo a su reforestación. Cuidar el suelo, con su banco de semillas, tener en cuenta a los matorrales y a las herbáceas, para que ayuden a fijar el mismo. Entramos otra vez en un periodo seco, donde las lluvias no serán tan abundantes como en los últimos cinco años, por eso debemos de tomar conciencia de que el agua es un bien escaso y valioso. Allá donde hay azul habrá verde. Y, ¡qué razón tienen los Awas!, tribu de la Selva Amazónica en Brasil: “Si destruimos nuestros bosques nos destruimos a nosotros mismos”.

Un comentario

  1. Manuel Pérez Sola

    La naturaleza con toda su biodiversidad es la que nos ha permitido al ser humano evolucionar, hasta el punto de que nos hemos olvidado totalmente de ella y con nuestra actual fiebre consumista y derrochadora estamos acabando poco a poco con la base de nuestra existencia: una atmósfera limpia, un agua no contaminada y una tierra con fertilidad.

    Los bosques, incluso los de tipo mediterráneo poco tupidos y con abundante matorral, contribuyen de una manera permanente a fijar el sueloy hacerlo productivo, a renovar el aire absorviendo importantes dosis de CO2 y a atraer hacia ellos las escasas lluvias que se dan en estas zonas; pero desgraciadamente solo nos acordamos de los bosques cuando se producen incendios tan terribles como los acontecidos este verano, llevándonos las manos a la cabeza por el desastre ambiental que suponen y olvidándonos de que si se hubieran realizado los trabajos preventivos de limpieza y manejo del bosque, se hubiesen ampliado los retenes y se hiciese de verdad una labor de concienciación con las poblaciones rurales que viven en las cercanías de nustras masas forestales, la magnitud y el poder destructivo de esos incendios habría sido infinitamente menor.

    A pesar de todo ello, algunas y algunos almerienses seguimos fieles a la tradición de nuestros mayores, intentando que nuestos bosques no se pierdan y que aumente su biodiversidad y salud. Por eso, y como todos los años al llegar el otoño, plantaremos otras 2000 encinas en la Sierra de Filabres, el auténtico pulmón de la provincia de Almería y una de las masas forestales mas extensas de Andalucía.

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