LLANTOS EN EL MAR (por Mar Verdejo Coto)

“Llevo meses esperando junto a la valla, escondida de los guardianes, tan sólo salgo por la noche a buscar algo de alimento entre los desperdicios de los demás. Tengo mucho miedo y no puedo confiar en nadie. Me han robado lo poco que tenía, me han insultado y han abusado de mí. Las mafias siguen pidiéndome dinero, aún sabiendo que no lo tengo. La espera se hace interminable, cuando despierto por la mañana pienso: ¡Otro día más!, seguro que es esta noche. Hacerlo me sirve de aliento día tras día.
Soy hija del desierto, guardiana de arenas y vientos. El sol oscureció mi piel que cubro celosamente. Tras años de sequía y de complejos momentos políticos, mi pueblo está desesperado. Los jóvenes hace décadas que se han marchado, tan sólo quedan unos pocos intentado ayudar a sus familias en el campo. Tras varios años secos y de plagas, el campo no da para alimentar a todos. Los hogares vamos abandonándolos como esqueletos, y en ellos ahora tan sólo puede vivir el viento, o quedan remachados con diferentes materiales hasta conformar una amalgama de restos. Nuestros pueblos dejaron de estar comunicados, están fragmentados, y ahora los caminos son complejos y difusos. Nuestra juventud antes era vital y con futuro. La sociedad se ha ido diluyendo hasta quedar en algo frágil, sin ilusiones. Mi comarca era rica, la tierra nos proveía. El viento y el sol eran nuestros motores de vida. He tenido que elegir otro destino, el amor a mi tierra no es ancla suficiente para retenerme. Sólo hay esperanza al otro lado de la orilla; y aquí estoy, maltrecha, asustada y sin nada que perder. Mi vida no vale ya nada y a nadie le importa. Tras meses de angustia y desesperación salimos de madrugada. La luna estaba muy mora y apenas iluminaba. Caminamos sobre el mar, en un frágil bote a la merced de las olas y las mareas. Hombres del Este, y del Oeste, y también mujeres como yo del Sur. Algunas con pudor escondían su avanzado estado de gestación. Otras arrullaban a sus bebes junto al pecho. Todos íbamos abrazados a nuestras piernas, era lo único que nos servía de consuelo. Las corrientes se hacían más fuertes, el motor enmudeció. El silencio estaba roto con llantos en el mar. Íbamos a la deriva. En ese momento me di cuenta del frío que hacía. La humedad se calaba hasta los huesos y ya no te abandonaba, fue una temible compañera de viaje. El viento esta vez no era mi aliado, iba levantando cada vez más olas, y el agua entraba hasta entumecernos, cubriéndonos hasta las rodillas. Con unos maltrechos cazos sacábamos como podíamos el agua, pero no dábamos abasto. La embarcación crujía. No resistiría todo el peso que llevábamos, se había cargado hasta no poder entrar ni un alma más. Las luces de la anhelada costa se veían. Todo se resquebrajaba. El pánico se apoderó de nosotros. Muchos no sabían nadar. La embarcación se partió en dos. No resistió el peso de las sesenta y ocho almas aterrorizadas. El mar se tragó a muchas de ellas, otras se pudieron agarrar a restos del naufragio. Los bebés desaparecieron en la oscuridad, sus mamás tras ellos. El miedo me hizo encontrar un resto de madera, tan sólo me quedaba nadar sin perder las luces de la costa.
Y llegué a la soñada costa africana, y exhausta recordé cuando ellos ansiaban llegar a la nuestra, llenos de sueños y de esperanza. Recordé cuando nuestros gobiernos no supieron legislar y regular su entrada. Endurecieron las leyes, elevaban cada vez más las vallas, les recluían en centros, y entre todos los marginábamos de nuestra sociedad. Y más endurecimiento, más sufrimiento. La vida no entiende de fronteras. Ellos entonces y yo ahora, tan sólo queremos vivir con dignidad.”
Acabo de llegar de Marruecos, y una pregunta me obsesiona: ¿Y si fuésemos los de esta parte de la orilla los que tuviéramos que buscar la esperanza y dignidad en la orilla africana?

Un comentario

  1. Un domingo levantarme y leer, ver que alguien pone voz a las personas que se lanzan cada día a los brazos de la muerte, con la esperanza de una vida y no creo que buscando que sea mejor y con lujos sino diferente, menos cruel. Porque los que viven esta cruda realidad existen y no pueden expresarlo. Y la respuesta a la pregunta es que por desgracia puede ser, que de este lado tengamos que salir si nos quedamos callados y quietos. La ventaja es que hay conciencia y se puede cambiar la historia desde ahora.

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