¿LA TREGUA DE LAS FIESTAS? (por Mar Verdejo Coto)

Mi abuela materna, grande entre las grandes, nos sentenciaba cuando limpiábamos los platos en la basura con un: “¡Niñas, la comida no se tira!”. Es una de las frases que se quedan grabadas en la mente infantil y que perduran en el tiempo, por eso, al ver cómo se tiran las toneladas de comida, no llego a entender el porqué, por mucho que me expliquen que son los excedentes de producción. En Almería, somos expertos en ver cómo el trabajo y el sacrificio de los agricultores son transformados en un producto de primera calidad, que se destruye porque los mercados deciden que hay excedente o que no cumple la normalización de los mercados. El programa de televisión Salvados con el título: “Con la comida no se juega”, por cierto, otra de las frases lapidarias de mi abuela, nos hizo reflexionar sobre cómo desperdiciamos la comida, por diferentes motivos como: iba a caducar, cortaron el precinto, descartado por cuota pesquera, se olvidaron de la sal, lo tostaron demasiado, creció demasiado, se golpeó en el transporte, y se tiran a la basura, etc. Al día siguiente de su emisión, una conocida cadena de supermercados firmó un convenio con el Banco de Alimentos para la donación de los mismos. Una vez más, los medios de comunicación cuando se muestran críticos y comprometidos consiguen algo que la ciudadanía viene denunciando con pequeñas o grandes acciones. En la pasada campaña de recogida de alimentos, los ciudadanos junto con 500 voluntarios hicieron posible la recogida de más de 160.000 kilos. Parecía de deber moral que con más de dos millones de niños pobres en el país, la moción que presentó el pasado mes de Septiembre la coalición política Compromís- EQUO, en la que se pedía que saliera más caro destruir alimentos que ponerlos en circulación, hubiese sido apoyada por unanimidad en el Congreso de Diputados, sin tener que pensar en los mercados financieros. Pero no fue así. Una vez más, el compromiso y solidaridad de la ciudadanía, está por encima que la mayoría de los políticos que la representan, y nos hacen vivir en lo absurdo.
La dignidad ciudadana se ve reflejada a diario en las colas de los bancos de alimentos, y asociaciones que, como Cáritas o Cruz Roja, se atreven a exponer e intentar quitar la vergüenza que la clase política y financiera no tiene en este país. El cómo un país trata a los más débiles, refleja su preocupación y gestión en los derechos humanos de sus ciudadanos. La pobreza ha dejado de ser una cifra, ya tiene rostro de gente conocida y de nuestro entorno más cercano. En el análisis del 2º Informe sobre “Los impactos de la crisis” de la EAPN España (European Anti Poverty Network), subraya la gravedad en la pérdida de la calidad de vida y bienestar de las personas y cuestiona, profundamente, la efectividad de las estrategias oficiales aplicadas en la lucha contra la pobreza y la exclusión social. Indicando que hay una urgente necesidad de reformar las medidas de protección a la ciudadanía, tanto en la lucha de la pobreza, exclusión social y contención de desigualdades. Intermón Oxfam lo corrobora en el reciente informe, que no deja de ser demoledor: “Crisis, desigualdad y pobreza”, en el que advierte que, de continuar en la misma línea, España se convertirá en un país más desigual, con menos derechos sociales y con una democracia mermada. La ciudadanía está demostrando, en el día a día, estar a la altura de las circunstancias. Mahatma Gandhi decía: “Casi todo lo que realices será insignificante, pero es importante que lo hagas”. Por eso no creo que tengamos que hacer una tregua en las próximas fiestas. Sigamos con nuestros pequeños gestos, y aunque creamos que son insuficientes, soñémoslos como pequeños granos de arena, sin importarnos si son irrelevantes, porque muchos granos de arena forman una grande y preciosa duna en el desierto.

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