EN DEFENSA DE LOS ÁRBOLES DE LA CIUDAD (por Mar Verdejo Coto)

Foto Mar VerdejoPronto llegará el invierno y ya no hay nadie que lo anuncie en la ciudad. Ni José Fernández Revuelta con sus columnas dominicales sobre el devenir del arbolado urbano; ni los árboles de hoja caduca de las plazas, calles y jardines. José, porque ya no nos obsequia con sus delicadas columnas; y los árboles, porque andan mutilados y agónicos.
Estos vecinos, que no pueden moverse de dónde los plantamos, nos ven crecer: en nuestra infancia cobijándonos en nuestros acelerados juegos, en la adolescencia son quizás testigos de los primeros besos, en la madurez de nuestras lecturas y en la vejez de conversaciones que hablan del devenir del tiempo. Y ellos siguen ahí, forjando lo mismo por nosotros y por las generaciones venideras. Regalándonos belleza en las calles y plazas. Nos nutren de sombras que amortiguan los efectos de nuestro insolente sol de verano y, silenciosos, calman a nuestro tenaz viento. Bajo sus ramas, nos invitan a relacionarnos y a jugar, cobijando y dando alimento a aves y otros animales que nos siguen manteniendo en conexión con la naturaleza perdida en la ciudad. ¿Somos conscientes de lo importantes que son para nuestras vidas urbanitas? ¿Vemos en qué estado están nuestros vecinos arbóreos? ¿Nos basta con abrir la ventana como el poema de Fernando Pessoa?: “No es suficiente no estar ciego/ para ver los árboles y las flores. También es necesario no tener ninguna filosofía. /Con filosofía no hay árboles: solo hay ideas”. Dice Ignacio Abella: “que defender el árbol es defender la Tierra, la inocencia, la cultura y la belleza. Y todo aquello que no tiene voz ni armas para defenderse. Defender el árbol es defendernos a nosotros mismos”. Así no es de extrañar que el detonante de la Primavera Turca, fuera la oposición vecinal a la tala de los árboles, porque para la ciudadanía suponían la memoria, la sensatez y la vida. En palabras del premio Nobel turco Orhan Pamuk, que se sumó a la protesta, “simbolizaban la propia democracia”. Ahora, imaginemos que todos los árboles de la ciudad nos proporcionaran WI-FI: toda la ciudadanía pediría que se plantaran árboles acabando así con esta ciudad mediocre carente de arbolado. ¡Es una lástima que sólo produzcan el oxígeno que respiramos!
Pronto llegará el solsticio de invierno, celebrándose en el mundo de tantas maneras como diversidad hay en las culturas. En la mayoría de ellas, simboliza la renovación y el renacimiento, y con él termina el periodo más oscuro del año. La luz propiciará en ellos el nacimiento de nuevos brotes y hojas y, en nosotros, si aprendiéramos de ellos: una ciudadanía más democrática y cooperativa.

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